La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados, tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y crueles.
Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.
Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al mar un cadáver destrozado por las balas.
Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.
Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.
Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su gente.
Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, a mí me bastaba.
Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en seguida.
Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época pretérita y mejor.
Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me acompañaba en el piano.