Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.
Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.
Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del trono y del altar.
Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.
V.
LA TORRE DE ARNAU
Algunas veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había recomendado Barrenechea, el de la Bella Amalia. Don Ramón Arnau, hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.
Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque de entereza.
Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi como si fuera su madre.