Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo, mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se parecía algo a doña Juana.
Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron formando las tropas.
Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse de mí.
—Aviraneta—me dijo Narváez—: sé quién es usted, lo que ha sufrido, la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez, cuente usted conmigo.
—Gracias, brigadier.
Nos estrechamos la mano.
Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante Mayalde.
Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la vió alejarse por la carretera.