—Tampoco.

—Yo, sí.

Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo. Estaba el hombre espantado.

—Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la nigromancia.

—Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño—le dije yo.

—No voy a poder dormir—gimió él.

—Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca fantasmas.

Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles, fuera luego tan práctico en la vida.

Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo a estar solo, y me quedé dormido.