—¿Usted no cree en la metempsicosis?—me preguntó luego.
—No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.
Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la Palingenesia filosófica de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según él, afirmaban la metempsicosis.
Yo me encogí de hombros.
Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos, llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos.
—¿Apago la luz?—le dije yo.
—No, no; todavía, no.
Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba.
—¿Qué hay?
—¿Tampoco cree usted en los aparecidos?—me preguntó de pronto Ros de Olano con voz ahogada.