—Sor Teresa—nos ha dicho—está enferma; ha envejecido mucho y no quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la realidad la verán ustedes un momento.
Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito.
Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.
—Pero, oye—le dije a Narváez—, ¿cuántos años tiene esa mujer?
—Veinticinco, lo más.
—¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!
—Yo no creo en milagros—me ha dicho Narváez.
Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros.
—¿Usted no ha visto nunca espectros?
—Nunca.