—Sin embargo, a las monjas se las puede ver—ha observado Narváez.
—No le—dije yo—, a cierta clase de monjas no se les puede más que hablar.
—¡Señora!—ha gritado Narváez—; yo necesito hablar a doña Juana; si no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.
La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla. La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar a doña Juana Ponce de León.
Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el velo echado. Yo me he retirado un poco.
Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con monosílabos.
Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.
—No puede ser, no puede ser—ha dicho doña Juana.
Después ha aparecido la superiora.