—¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?
—Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León.
—¿Profesa?
—Sí.
—Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda. Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos ojos brillantes e inteligentes.
—¿Qué quería usted?—ha preguntado la superiora a través de la doble reja.
—Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la muerte de su marido.
—Sor Teresa no piensa más que en Dios—ha contestado la superiora.
—Pues yo necesito verla y hablarla.
—¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de excomunión.