—Nadie.
—Allí parece que está escondido alguno.
—¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?—me preguntaba yo—. ¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá?
—Usted no dirá nada—me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz temblorosa—; le tengo que contar, en confianza, la última parte de esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el teniente Matamoros.
—¿Hay un epílogo?—le dije yo.
—Sí; hay un epílogo.
Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón grande, con su portalada y sus rejas.
—¿Ve usted ese sombrío edificio?
—Sí.
—Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las Emparedadas.