—Otra vez...
Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando dijo Ros de Olano:
—Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se habrá levantado muy temprano.
—Sí—le dije yo—; a eso de las cinco estaba ya en pie.
Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.
Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.
Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en ziszás.
Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:
—¿Quién va por allá?