En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto. Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:
—Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está dispuesto a darles satisfacción con las armas.
Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera.
Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento. Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo.
—¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército carlista?—le dijo después el general Córdova con sorna.
—Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?—replicó el de Loja con soberbia.
Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista.
Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.
Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía.
Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre espinas.