Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:

—A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos las que son muy orgullosas.

Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:

—Ya sé que escribe usted versos—me dijo una vez—. Con el tiempo le llamarán a usted el Cisne de Tarragona.

—No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.

—¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?

—No se burle usted de mí.

—No, no me burlo.

—Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven para mí solamente.