—¿Necesita usted consuelo?

—¿Por qué no? Como todos los hombres.

—¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?

—Por lo menos no me creo afortunado.

—Sí, ya sé que su novia le ha dejado.

—Es verdad.

—¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora?

—Sí.

—Bien poco cariño le tendría a usted.

—Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.