—¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.

Otro día me dijo:

—Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo?

—No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.

—Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido?

—Lo soy, no lo niego—le dije yo.

Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla, Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera deshecho.

Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro; coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa.

La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos.

Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores, envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas reales, a mi poema.