Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia.

El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa, se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro.

Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba atravesando un arco de la entrada.

Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos altos.

La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba muy abandonada.

La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones. Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba, una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón, coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la impresión de estar vacía.

Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos preciosos, camafeos y esmaltes.

Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina. La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba grandes pasiones.