En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan, Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena, mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes, bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de hombros.

Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo; desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos y puertas.

En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de intervenir en cuestiones políticas.

En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de estatuas y de relojes.

El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo leyendo.

Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo que aparecían los Monferrato.

La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas.

Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas procedentes de los conventos.

Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de Montferrat.

Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.