Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a los Montferrat.
Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller de mecánico y sus vitrinas de coleccionista.
Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los que más me gustó fué un clown chino, un autómata que bajaba una escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena, era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el centro de gravedad de la figurita.
Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época, en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño, me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música.
—Qué bien hubiera usted estado con mi padre—me decía Elena—. El era, como usted, soñador; no le gustaba la acción.
—¿Y a usted?
—A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.
A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente.
Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran colección de monedas que poseía.
Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas, monedas o fragmentos de mosaicos romanos.