Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de Mozart.

En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz; luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al tresillo.

Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja y de que estaba siempre en el momento de caer.

El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:

—En fin, ya hemos matado la tarde.

Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación.

Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa, pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los contertulios y pensaba.

—¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de valor, de interés y de nobleza!

Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a una vida rutinaria y sin acción.