Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida, con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada.


IX.
ELENA

Esa era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, volver a la oficina y después escribir y pasear.

Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.

Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.

—Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos—solía decirme.

—Entre los andaluces hay de todo—le replicaba yo—; además, ¡yo soy tan poco andaluz!