Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.
Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía solamente.
Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy supersticioso; lo pudimos comprobar.
Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la jettatura, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra. Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le producían risa.
—Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.
Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en embolismos de charlatanes.
Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia había sucedido—según nos dijo—al carbonarismo de Nápoles, cuyas ventas comenzaban a estar en decadencia.
A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil.
Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso de esta expedición liberal.