Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su conversación, supimos algo de su vida.
Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos, claros, verdosos, con la cara triste, la faccia morta, que dicen los italianos.
El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.
Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida.
No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su gloria.
Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de confianza.
La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso, agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no encuentra su felicidad en el mundo.
Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer, principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.
Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.