Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y muy tímido.
Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente, Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido.
Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía escondida una aguja con una cabeza de rubí.
Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con sus amigas, le dijo:
—¡Qué bonito abanico!
—¿Le gusta a usted?
—Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un momento para verle?
—¿Por qué no?
Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la arena la contestación.