Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle.
El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo, a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su Medoro.
Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso, introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que arrebataba en su barca a una princesa griega.
XII.
REPROCHES
El triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita de Montferrat.
En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí, y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y arrancarla de los brazos de un aventurero.
—Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí—las decía yo.
—No lo creo—replicaba Eulalia—. Elena, aparentemente, es una mujer soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia.