—Todo eso será cierto—replicaba yo—; pero en el estado actual una indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso.
Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope.
Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones entre Elena y su madre.
—Este hombre es un aventurero, hija mía—le dijo doña Mercedes.
—¿Por qué? ¿En qué se le conoce?—preguntó con cierta acritud Elena.
—No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en Valencia y que es corso.
—No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted, Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más antipáticos que he conocido.
—Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en Tarragona.
—Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...
—¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él.