—¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino, muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que hablando conmigo.

—Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera saña. Es lógico que te haya tomado miedo.

—Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que intenten dominarme y protegerme.

—No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio; consúltalo también con tu confesor.

—¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer.

—Sin embargo, creo conveniente que hables con él.

—Bueno, hablaré...

El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían tener la tertulia.

—Me ha dicho tu madre—le dijo—que estás en relaciones con ese italiano recién llegado.

—Sí, es verdad.