—¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su familia?
—No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él.
—¿Y no encuentras imprudente tu conducta?
—¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea imprudente.
—Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?
—Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto; Emilio me es indiferente, me desagrada.
—¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?
—Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos amor, o no lo sentimos.
—¿Y no puedes dominar esa pasión?
—¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me quiera.