—¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?

—Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.

—¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!

—¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor, un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión.

Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia en los temperamentos exaltados.

Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes:

—Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente; deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse también de él.

Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del corso al corazón de su hija.

Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que había conocido.