XIII.
HABLA MORO-RINALDI

La transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar, hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.

—En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?—le preguntó ella.

Moro sonrió con cierta tristeza:

—Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera, un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un horizonte muy negro.

—No; yo no le desprecio a usted.

—Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e intentaré regenerarme.

Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que Moro-Rinaldi podía esperar.