El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y añadí:
—Es una mujer para casarse con un príncipe.
—Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza.
—No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una casa pobre como la mía.
—¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?
—A Pafos o a Amatonte.
—Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la voy a pretender y me la voy a llevar.
—¿Cree usted?—le dije yo.
—Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena.