—Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.
Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo:
—Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran simpatía.
—Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí.
—En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted.
—Sí; creo que sí.
—Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena.
—¿Con la señorita de Montferrat?
—Sí.