—Pretende usted robarla?
—Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla casarse conmigo.
—¿Y cree usted que ella accederá?
—Sí; así lo espero.
—Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...
—¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece.
—¿Cuál?
—Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...» Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía.
—Es usted audaz.
—No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice, y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el engañador... A usted le pasará lo mismo.