—No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre a su lado.

—Cada cual su gusto—dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable sonrisa—Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y, luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama seca o un manojo de paja.

—¿Es usted fatalista?—le pregunté yo.

—Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo lo que tiene que ocurrir ocurre.

—¿Pero usted cree que hay destino?

—Estoy inclinado a pensar que sí.

—¿Un destino predeterminado?

—Sí.

—No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor pueden modificar el destino.

Moro se encogió de hombros.