Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor, de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la ventana, y me hicieron repetir dos veces.
Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular, cantamos el Himno de Riego y paseamos por las calles, charlando.
Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar.
Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun más vivas en la transparencia del aire.
Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba alejando hasta perderse en el silencio de la noche.
El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía, el sonido rítmico y melancólico de las olas.
Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más felices y más memorables de mi existencia.
Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas.
Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el nepenthes de Polydamna.