XV.
EL HOSTAL DE LA CADENA
Hacía un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar, tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau entró en el Hostal de la Cadena.
Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos, de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la hostería su condición entre campesina y marinera.
Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas. Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un corralillo.
Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero, y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro. En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar. Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el catalán como por explosiones.
Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán; otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino; otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo. En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la guitarra, una canción sentimental.
Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta, donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por excepción tenía un mantel blanco.
—No se podrá usted quejar—dijo el Caragolet, señalando el mantel blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes.