—No, no; está muy bien—y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa.
La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato.
Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de emoción.
A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se oían las palabras de Moro:
—¿Que se burlan de ti, muchacho?—decía una vez—, búrlate tú de ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses, ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.
El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un frenético entusiasmo.
—No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano—siguió diciendo Moro-Rinaldi—; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. ¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio, su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte como el de una pantera!
El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente subyugado.
—Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una gitana—añadió Moro-Rinaldi—. Mi padre procedía de un dux de Venecia; mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú sígueme, obedéceme; yo te protegeré.
El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco de los ojos, dijo: