—Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré.

Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la jettatura; luego se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho.

En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde.


XVI.
EN ALAS DE CUPIDO

El domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para que fueran a la tarde a merendar a la torre.

Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en el cenador de la terraza.

La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido, ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba, dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al corro en la carretera y cantaban con voces agudas:

Dicen que Santa Teresa