cura a los enamorados.
Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el dar un paseo en barca. Elena—¡oh!, disimulo femenino—dijo que no; que ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso!
Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la carretera y nos acercamos a la playa.
Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano.
Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un marinero, fueran en una, y los demás, en la otra.
Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.
—Tenemos que ir al pueblo—dijo Arnau—; por nosotros no se priven ustedes del paseo. Pascual les acompañará.
La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno inundados de espuma.
Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia.
En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas.