—Van conducidos por Cupido—le dije yo a Pepeta en broma.
—¿Por quién?
—Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.
—¿Y nosotros?
—Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un boticario que no pesa menos.
Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos barcas era ya mayor.
Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.
—Quizá se les haya ocurrido ver la aldea—pensamos.
Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar al mismo punto.