Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les conducía.

La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie.

—La mataría—dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana.

El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y que Moro-Rinaldi le había engañado.

Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro.

Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se manifestaba también furioso.

Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.

Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!

Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa, diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios.

Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia: