—Así sois todas las mujeres.
Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa, habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido.
Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la Ciudadela, como carlistas.
Lo extraordinario fué—según contaron—que, al registrar la maleta de Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar que el corso estaba pagado por los carlistas.
Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró. Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo.
Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo.
Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela.
Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona.