XVII.
VIAJE POR MAR
Acepté la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he acabado por marearme.
El barco en que hicimos nuestro viaje, la María Rosa, era un jabeque de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa.
Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego.
Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle sacado los ojos.
Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí.
También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había escapado con un contrabandista.
Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón; cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón.
El día, de invierno—estábamos en las proximidades de Navidad—, se presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas coronadas de espuma.