Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia; las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus oquedades moradas.

La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de su manto de azul.

El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la costa y a ser víctimas de las arpías.

Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén.

Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro.

Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en intensidad.

El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros.

La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias; habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo.

Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso.

—¿Qué, está bueno?—preguntó el cocinero.