—Sí—dije yo—, pero me parece que pica un poco.
—¡Ca!—repuso Arnau—,eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso.
—¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el efecto de una función de fuegos artificiales.
En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona.
Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo.
A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco, de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta.
En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas en la semiobscuridad.
Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la escalera del malecón.