Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de la calle de la Puerta Ferrisa.


XVIII.
CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS

Barcelona, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre.

De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de algún santo.

A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su espíritu.

Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.

Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una mixtificación y una farsa.

En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida austera y contenida.