Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de campanas de las distintas iglesias de la ciudad.

A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la Puerta del Mar.

Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.

Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar más dependencia.

Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría lo mismo.

El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y que después de ella vendría la calma.


XIX.
TARRACONENSE

Quizá la división más natural de la Península, al menos desde un punto de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.