—Dentro de unos días va a haber aquí sangre.
—¿Cree usted?
—Eso dicen.
—¿Y a usted no le parece mal eso?
El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser enviado a Mallorca para ser fusilado.
Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían cometido los carlistas...
Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María Pastors, gobernador de la Ciudadela.
Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá y Vadolato, hija del barón de Foxá.
El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro, catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares, llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.