El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.
La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823. Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.
Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la negativa.
Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con muy pocas esperanzas.
XXII.
LA MAREA QUE SUBE
Hacia fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.
Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde estaba el santuario.