La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos; se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort. Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus prisioneros.

Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y desesperada.

—Hay que acabar con los que nos asesinan—se gritaba.

—Es necesario hacer algo ejemplar.

María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no sabía qué aconsejarlas.

El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos. Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.

Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré, enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un barrizal.

Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza en que se encontraban prisioneros sus maridos.

Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas.

Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.