Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que estos tomasen las represalias que quisieran.
Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban generala. «¡Viva la Petita!»—gritaban unos—. «¡Viva Cristina y vinga farina!»—decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente que vitoreaba a la Libertad y a la República.
Seguía lloviznando.
Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla.
Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.
Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los prisioneros carlistas.
Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda, esperar a que entrara la noche para dar el asalto.
¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía.
La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en la explanada y en los fosos.