Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena. Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.
De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían contestado:
—Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.
El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.
El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus palabras, sino comenzar en seguida el asalto.
El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.
Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la cara llena de rabia y de cólera.
Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret, y poco después, Arnau.
A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.
Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.